Jack Campbell, un exitoso hombre de negocios de Nueva York. Un departamento de súper lujo, un Ferrari, un trabajo en el que se movía como amo y señor, mujeres, restaurantes, viajes, una vida perfecta y feliz. Un día: Por una de esas cosas mágicas que pasan en las películas desde que Ebenezer Scrooge se encontró con los 3 fantasmas de la navidad: amaneció en otra vida, que sí era suya, pero una vida que decidió dejar hace 13 años…
Puede sonar a una formula muchas veces repetida, pero atinadamente no se centra en la parte mágica ni en la lágrima fácil. El que se propuso contar ésta historia tiene la tarea de convencernos que las cosas cotidianas en las que amanecemos envueltos todos los días: son mucho más importantes que el glamur de una vida, que, y ésta es la parte interesante; viéndola bien, no tenía nada de malo. De hecho, la mayor parte de la película parece que de lo que te quiere convencer es todo lo contrario.
Cambiar pañales, comprar en época de ofertas, dormir en invierno con sweater para ahorrar en la calefacción, un día de rutina seguido de otro y otro, y muchos otros, una casa propia de la que sólo debe 122 pagos, esforzarse día a día para que le reconozcan un buen vaso de leche con chocolate…
Todos podemos nombrar y sin pensarlo: lo más importante que tenemos en la vida. Todos sabemos que el dinero ni las cosas pasajeras son la felicidad. Pero, también a todos; se nos pierde el norte con cualquier borrascón.
Esta película, cuidándose de no caer en demasiadas cursilerías, logra dejar ese saborcito, aún y sea ya la cuarta o quinta vez que la veo: que realza el sabor del café de la mañana, de los pantalones fríos de ya es hora de la escuela, de las horas al volante en el viscoso tráfico, el sol o la lluvia, de la vida que se escurre y entumece los dedos como agua helada en madrugada de enero. Sacándonos al mismo tiempo, del letargo cuando dormitamos de pié con un sueño guajiro de casas de chocolate y mermelada de fresa.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario